
...una vez que una mariposa delimitó como suyo un pequeño territorio alrededor de un niño paciente, es que ella percibe a través de sus antenitas de cristal, que es ahí donde quiere estar hasta que el motor que la hace levitar ya no trabaje más. Es difícil para una mariposa hacer una elección como ésta: implica hacer caso omiso a todos sus instintos de vuelo sin rumbo, hacia distintas flores, cuál más aromática y colorida, cuántos néctares distintos, cada uno con un dulzor especial; significa, asimismo, permanecer callada en las frecuentes juntas de mariposas, donde cada una hace alarde que se ha posado en la mayor cantidad de flores distintas, o que la han tratado de atrapar más veces, o que ha volado más lejos. Es, pues, un abandono importante de sus funciones lepidópteras genéticamente determinadas. Esta es, por lo tanto, una mariposa especial, pues prefiere revolotear muy cerca de aquel niño, también diferente, que supo esperarla, hundido en la hierba, hasta que ella se sintió preparada para crear lazos, filamentos invisibles, entre sus patitas curiosas y los dedos de su protector (esta sutileza de mariposa es sólo para que nadie vaya a pensar que es el niño el que mueve estos lazos como los de una marioneta: bien puede ser ella la que dirige todo desde la altura...)
... hemos, pues, relatado, sólo la mitad de la historia, ya que es bien sabido que las relaciones, cualesquiera, son, por lo menos, bipersonales. La otra parte, entonces, ha de ser responsabilidad del niño. No es bien visto en el mundo de las mariposas y menos en el mundo de los niños, que uno de los dos, luego de haberse seducido y domesticado, se retire del juego por temor a los lazos. Los lazos no duelen, son suaves, son lindos, están hechos como canales, para dar y recibir a través de ellos. Si no, no existen realmente tales nexos, sólo se cree tenerlos. Por lo tanto, además de mariposas osadas, se requiere niños valientes. Una mariposa, por muy intrépida que parezca, es lo más frágil que se ha creado jamás. Es intocable, ni siquiera se puede alzar la voz muy cerca de ellas, pues las ondas desorientan su vuelo y pueden caer de golpe. Es deber del niño, caminar despacio y no perderla de vista, aprender a reconocer las hojas más sabrosas para darles de comer, dejar la ventana abierta en la noche, porque nunca se sabe si la que se tiene es una mariposa nocturna. Cultivar una lepidóptera es, como ya queda claro, un arte...
... es muy posible que, a ratos, el niño olvide su papel protector y vuelva a ser simplemente un niño. Entonces, puede gritar, correr, agitar los brazos, pasando a rozar con fuerza las empolvadas alas de su protegida (ya sabemos lo que ocurre cuando estas estrellitas volátiles pierden su maquillaje...). También puede ocurrir que una noche el niño olvide abrir la ventana y se duerma: la mariposa golpeará su cabecita de algodón incesantemente contra el cristal, pensando que es el viento el que le impide salir a tomar el aire fresco de la noche. Lo importante aquí es que una mariposa domesticada nunca creerá que es maldad o despreocupación del niño por olvidar los detalles mínimos que se debe tener con alguien como ella, sino que de inmediato pensará que quizás ella misma cometió alguna equivocación o que todo fue parte de su imaginación de mariposa soñadora. Se concluye entonces que, para ser un niño responsable de su mariposa, como un Principito responsable de su rosa, jamás se deben descuidar los detalles. Hay muchos que empiezan con entusiasmo su labor cuidadora, pero que ya andado el camino, se escabullen entre los árboles del sendero, dejándola vagar perdida, sin rumbo, con una angustia flagelante que precipita su partida. Hay que tener mucho cuidado: una mariposa puede morir de pena...
... hemos, pues, relatado, sólo la mitad de la historia, ya que es bien sabido que las relaciones, cualesquiera, son, por lo menos, bipersonales. La otra parte, entonces, ha de ser responsabilidad del niño. No es bien visto en el mundo de las mariposas y menos en el mundo de los niños, que uno de los dos, luego de haberse seducido y domesticado, se retire del juego por temor a los lazos. Los lazos no duelen, son suaves, son lindos, están hechos como canales, para dar y recibir a través de ellos. Si no, no existen realmente tales nexos, sólo se cree tenerlos. Por lo tanto, además de mariposas osadas, se requiere niños valientes. Una mariposa, por muy intrépida que parezca, es lo más frágil que se ha creado jamás. Es intocable, ni siquiera se puede alzar la voz muy cerca de ellas, pues las ondas desorientan su vuelo y pueden caer de golpe. Es deber del niño, caminar despacio y no perderla de vista, aprender a reconocer las hojas más sabrosas para darles de comer, dejar la ventana abierta en la noche, porque nunca se sabe si la que se tiene es una mariposa nocturna. Cultivar una lepidóptera es, como ya queda claro, un arte...
... es muy posible que, a ratos, el niño olvide su papel protector y vuelva a ser simplemente un niño. Entonces, puede gritar, correr, agitar los brazos, pasando a rozar con fuerza las empolvadas alas de su protegida (ya sabemos lo que ocurre cuando estas estrellitas volátiles pierden su maquillaje...). También puede ocurrir que una noche el niño olvide abrir la ventana y se duerma: la mariposa golpeará su cabecita de algodón incesantemente contra el cristal, pensando que es el viento el que le impide salir a tomar el aire fresco de la noche. Lo importante aquí es que una mariposa domesticada nunca creerá que es maldad o despreocupación del niño por olvidar los detalles mínimos que se debe tener con alguien como ella, sino que de inmediato pensará que quizás ella misma cometió alguna equivocación o que todo fue parte de su imaginación de mariposa soñadora. Se concluye entonces que, para ser un niño responsable de su mariposa, como un Principito responsable de su rosa, jamás se deben descuidar los detalles. Hay muchos que empiezan con entusiasmo su labor cuidadora, pero que ya andado el camino, se escabullen entre los árboles del sendero, dejándola vagar perdida, sin rumbo, con una angustia flagelante que precipita su partida. Hay que tener mucho cuidado: una mariposa puede morir de pena...
2 comentarios:
Hoy un amigo se desangró delante de nosotros. Salpicó a alguno con esa sangre roja, viva, que viene directamente de la tripa al guardapolvos. Pero eso no importó. Porque rápidamente nosotros también nos empezamos a desangrar: las heridas a medio abrir dieron paso al tráfago rutilante que sólo buscaba alejarse de nosotros para buscar la paz... Al final, era la misma sangre.
Un gran abrazo,
Á.
Responde Sabina:
"Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales,
no les quedan dos puntos suspensivos..."
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