
... si un niño ve una mariposa, la persigue hasta atraparla. Pocas veces lo logra, ya que los niños suelen ser muy impacientes, pero si luego de varios intentos aún no lo consigue, aprende a que debe esperar en silencio entre la hierba a que una mariposa se pose distraída en una flor. Entonces, el niño estira los brazos y la atrapa entre sus manos. La felicidad de ese momento es indescriptible, porque después de esperar mucho tiempo, tardes enteras, hasta aprender la sutil técnica, por fin disfrutan las yemas de sus dedos la suavidad de una mariposa. ¿Existirá algo más suave que el fino polvo que cubre las alas de una mariposa?...
... la alegría es a veces fugaz, sobre todo cuando se es niño. Cualquier pequeña torpeza puede arruinarlo todo. Cualquier movimiento brusco puede dañar el ala de una mariposa. Entonces, el polvillo mágicamente desaparece y la suavidad se vuelve áspera, y duele. Duele muy fuerte saber que por un descuido esa mariposa no podrá volver a volar jamás...
... el niño aprende que si guarda su tesoro alado inmediatamente en un frasco de vidrio y evita manipularlo demasiado, éste seguirá volando por algún tiempo y su alegría será más larga. Mas, si observa con cuidado notará como las alas golpean el cristal una y otra vez, hasta rendirse ante la muerte: es la desesperada danza del escape, cuyo último paso es yacer en el fondo y nunca más volver a volar...
... cuando todas estas enseñanzas están almacenadas en algún sito de la mente, ya se es algo mayor. Se carga en la conciencia el peso de haber presenciado la muerte de muchas mariposas sólo para aprender a cuidarlas. Hay quienes, no conformes con tal matanza, siguen sacrificando a más de estos suspiros de color, sólo para deleitarse viéndolas volar frente a sus ojos en una prisión transparente. Son los amantes del momento, egoístas, porque sólo piensan en su deleite instantáneo, sin escuchar el llanto sordo de un vuelo que se apaga...
... la alegría es a veces fugaz, sobre todo cuando se es niño. Cualquier pequeña torpeza puede arruinarlo todo. Cualquier movimiento brusco puede dañar el ala de una mariposa. Entonces, el polvillo mágicamente desaparece y la suavidad se vuelve áspera, y duele. Duele muy fuerte saber que por un descuido esa mariposa no podrá volver a volar jamás...
... el niño aprende que si guarda su tesoro alado inmediatamente en un frasco de vidrio y evita manipularlo demasiado, éste seguirá volando por algún tiempo y su alegría será más larga. Mas, si observa con cuidado notará como las alas golpean el cristal una y otra vez, hasta rendirse ante la muerte: es la desesperada danza del escape, cuyo último paso es yacer en el fondo y nunca más volver a volar...
... cuando todas estas enseñanzas están almacenadas en algún sito de la mente, ya se es algo mayor. Se carga en la conciencia el peso de haber presenciado la muerte de muchas mariposas sólo para aprender a cuidarlas. Hay quienes, no conformes con tal matanza, siguen sacrificando a más de estos suspiros de color, sólo para deleitarse viéndolas volar frente a sus ojos en una prisión transparente. Son los amantes del momento, egoístas, porque sólo piensan en su deleite instantáneo, sin escuchar el llanto sordo de un vuelo que se apaga...
... no hay que ser tan mayor, tan maduro ni experimentado, para darse cuenta que la felicidad se adquiere cuando, habiendo visto volar a la mariposa más bella, se atesora esta sola imagen en lo más profundo. Esa felicidad no es completa hasta que se comprende que no es el recuerdo de este vuelo maravilloso lo que realmente importa, sino saber que, en lugar de tenerla junto a ti agonizando en silencio, está fluyendo libre por la vida. Por su vida...
