
El frío de la playa golpea fuerte en su cara, la arena mojada imprime sus huellas a cada paso, el abrigo negro de su padre se empapa en agua salada y flota sobre la espuma, el ruido de las olas es la música de fondo de esa noche oscura, la más oscura que ha vivido. Después de mucho pensar, nada tiene sentido. Gastadas ya están las horas, los días, la vida como para querer recuperarlo todo y empezar de nuevo. No hay fuerzas. No hay ganas. No hay motivos. El peso de los pocos años sobre su cuerpo son suficientes para querer despedirse sin más. Cada uno conoce sus límites. En este momento sólo camina por la arena que se hunde bajo sus pies, como el mundo entero, como ella misma, blanca como la sal que se incrusta en sus poros, fría como esa noche de Julio, inerte como su vida. A su perturbada cabeza se agolpan los recuerdos de años atrás. No hace tanto tiempo fue un jumper corriendo con una niña adentro. Había tan poco entonces, pero tanto a la vez. Las espigas entre los dedos al caminar entre el trigo, el aire limpio del campo, la sensación de libertad al sacarle trote a un caballo, el ruido del motor del transporte que la llevaba al liceo. Crecer, con todo el dolor que significa. Botar la hermosa caparazón de niña para adquirir otras formas. Quemar cada pestaña para salir de su tierra más por tradición que necesidad. Estrujar sus entrañas ante cada número que salía en las listas. Dejar la tierra por el asfalto asfixiante. Cumplir los sueños de otros. Llorar hasta la sangre. Sufrir el abandono y el desprecio de los capitalísimos. Refugiarse entre los provincianos como judíos en el ghetto. Sentir los primeros gritos de la carne al calor del vino tibio. Encontrar una mano para afirmarse en las calles abrasantes, en los parques mezquinos, en la vida siempre tan indeseable. Pasar varios años aferrada a la misma mano, como si fuera una arteria palpitante de existencia, que la hacía parecer viva y a veces alegre.
Años. Los años pesan como un lastre hasta que dejas de luchar y te resignas a la espantosa supervivencia de los viejos, que no hacen más que estorbar en medio de un mundo de productividad y se terminan volviendo tan complacientes, tan limosneros, tan patéticamente buenos que escuecen el alma. Al caminar por la arena, siente ese peso en los pies, en el cuerpo, en el espíritu. Ha dejado su mano ancla metida en el asfalto, sumergida entre las vísceras de la ciudad. Se han prometido tanto huir de ahí, pero el cemento te amarra de manos y pies y te aspira como un hoyo negro, sin poder escapar de su océano de oportunidades, malas, buenas, pero oportunidades al fin. – Más adelante nos iremos. Más adelante. Ella siente que más adelante no podría ir. Ni hacia atrás. Ha llegado al punto final de una historia inconclusa. El agua hiela sus rodillas amoratadas y no siente nada más que vacío. Mi padre – pensó – mi pobre padre, sumido entre archivadores y facturas, entre libros de ventas y calcos azules, día tras día, domingos y festivos, consumiéndose lentamente como un cigarrillo olvidado. La semi felicidad de su niñez se la debe a él. Cuando su madre decidió que ya no más él se preocupó de llenarlo todo. No recordaba un sólo día sin que él estuviera presente con su máscara de alegría, intentando de manera frustra de hacer ambas vidas más llevaderas. Recordó la imagen de su madre, fabricada con los relatos de su padre y con los años de inventar razones para explicar su ausencia. A su madre también le pesaba la historia a cuestas, el dolor inexplicable, la angustia ardiente, la inconsistencia de la vida y por eso acabó con ella cuando vivir se volvió tan insoportable como sobrevivir.
El agua salada rozó su sexo. Ambos fríos, ambos inertes. El placer la abandonó hace mucho tiempo, tanto, que duda si alguna vez lo tuvo. Se dedicó a ofrecer la tibieza y humedad de sus carnes sólo para complacer a quien la ha mantenido en pie cuando ya no quiere caminar más por esta agobiante avenida sin árboles ni flores. Él se esfuerza, ella se yace como un cadáver fresco, sin negarse, sin fingir. Al culminar la farsa pasional, él la abraza intensamente y con la tibieza de sus lágrimas devuelve el color a sus gélidos pechos, pero ella no está allí. Así son todos los días.
Tomó un bus hacia el mar. Luego otro y otro. Llegó de noche, había llovido recién y ahora hace tanto frío que no puede pensar más. El agua en sus pechos la hizo que inspirar profundo, tragando todo el aire del mundo, como si hubiera cambiado de idea. Siente el peso del abrigo de su padre aferrándola a la orilla. Se lo quita. Lo ve alejarse flotando a merced del vaivén de las olas, mientras el mar en su cuello le regala un collar de algas verdes. De repente, una voz gritando a lo lejos. Escucha su nombre en la voz de un hombre. Escucha un grito llamándola. Escucha un hombre corriendo hacia el mar gritando su nombre. De alguna forma, desea que así sea. Se voltea con el agua varios centímetros sobre su cabeza. No ve a nadie. En la arena, un abrigo, una carta, y la noche inmensa y oscura. Llueve, otra vez...
2 comentarios:
No dejas de sorprenderme, tigre. A mí hace tiempo se me acabó esa capacidad de generar algo con las historias que escribo... uf! y esta sí ke genera, no veas cómo genera.
Te felicito, sencillamente notable.
benvenutto (con mi voz) con carraspera y de las entrañas asi tan particular como lo digo io solo io il preferetti la iluminatti...
oh! q triste dah taigah... demasiado triste...
ahora si q lloro como una posta central...ahora sin viejos, frio, olores psikodelikos, ni cafeces tiritones...
esta hermoso... es tan, tan como decirlo?profundo... te juro q MA-RA-VI-LLO-SOOO
como diria ese viejo con cara de buho q leia las noticias....
adios nos vemos mañana...
atte
il preferetti de udd
ajjajaja
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