sábado, 21 de abril de 2007

Ya no más...



El frío de la playa golpea fuerte en su cara, la arena mojada imprime sus huellas a cada paso, el abrigo negro de su padre se empapa en agua salada y flota sobre la espuma, el ruido de las olas es la música de fondo de esa noche oscura, la más oscura que ha vivido. Después de mucho pensar, nada tiene sentido. Gastadas ya están las horas, los días, la vida como para querer recuperarlo todo y empezar de nuevo. No hay fuerzas. No hay ganas. No hay motivos. El peso de los pocos años sobre su cuerpo son suficientes para querer despedirse sin más. Cada uno conoce sus límites. En este momento sólo camina por la arena que se hunde bajo sus pies, como el mundo entero, como ella misma, blanca como la sal que se incrusta en sus poros, fría como esa noche de Julio, inerte como su vida. A su perturbada cabeza se agolpan los recuerdos de años atrás. No hace tanto tiempo fue un jumper corriendo con una niña adentro. Había tan poco entonces, pero tanto a la vez. Las espigas entre los dedos al caminar entre el trigo, el aire limpio del campo, la sensación de libertad al sacarle trote a un caballo, el ruido del motor del transporte que la llevaba al liceo. Crecer, con todo el dolor que significa. Botar la hermosa caparazón de niña para adquirir otras formas. Quemar cada pestaña para salir de su tierra más por tradición que necesidad. Estrujar sus entrañas ante cada número que salía en las listas. Dejar la tierra por el asfalto asfixiante. Cumplir los sueños de otros. Llorar hasta la sangre. Sufrir el abandono y el desprecio de los capitalísimos. Refugiarse entre los provincianos como judíos en el ghetto. Sentir los primeros gritos de la carne al calor del vino tibio. Encontrar una mano para afirmarse en las calles abrasantes, en los parques mezquinos, en la vida siempre tan indeseable. Pasar varios años aferrada a la misma mano, como si fuera una arteria palpitante de existencia, que la hacía parecer viva y a veces alegre.

Años. Los años pesan como un lastre hasta que dejas de luchar y te resignas a la espantosa supervivencia de los viejos, que no hacen más que estorbar en medio de un mundo de productividad y se terminan volviendo tan complacientes, tan limosneros, tan patéticamente buenos que escuecen el alma. Al caminar por la arena, siente ese peso en los pies, en el cuerpo, en el espíritu. Ha dejado su mano ancla metida en el asfalto, sumergida entre las vísceras de la ciudad. Se han prometido tanto huir de ahí, pero el cemento te amarra de manos y pies y te aspira como un hoyo negro, sin poder escapar de su océano de oportunidades, malas, buenas, pero oportunidades al fin. – Más adelante nos iremos. Más adelante. Ella siente que más adelante no podría ir. Ni hacia atrás. Ha llegado al punto final de una historia inconclusa. El agua hiela sus rodillas amoratadas y no siente nada más que vacío. Mi padre – pensó – mi pobre padre, sumido entre archivadores y facturas, entre libros de ventas y calcos azules, día tras día, domingos y festivos, consumiéndose lentamente como un cigarrillo olvidado. La semi felicidad de su niñez se la debe a él. Cuando su madre decidió que ya no más él se preocupó de llenarlo todo. No recordaba un sólo día sin que él estuviera presente con su máscara de alegría, intentando de manera frustra de hacer ambas vidas más llevaderas. Recordó la imagen de su madre, fabricada con los relatos de su padre y con los años de inventar razones para explicar su ausencia. A su madre también le pesaba la historia a cuestas, el dolor inexplicable, la angustia ardiente, la inconsistencia de la vida y por eso acabó con ella cuando vivir se volvió tan insoportable como sobrevivir.

El agua salada rozó su sexo. Ambos fríos, ambos inertes. El placer la abandonó hace mucho tiempo, tanto, que duda si alguna vez lo tuvo. Se dedicó a ofrecer la tibieza y humedad de sus carnes sólo para complacer a quien la ha mantenido en pie cuando ya no quiere caminar más por esta agobiante avenida sin árboles ni flores. Él se esfuerza, ella se yace como un cadáver fresco, sin negarse, sin fingir. Al culminar la farsa pasional, él la abraza intensamente y con la tibieza de sus lágrimas devuelve el color a sus gélidos pechos, pero ella no está allí. Así son todos los días.

Tomó un bus hacia el mar. Luego otro y otro. Llegó de noche, había llovido recién y ahora hace tanto frío que no puede pensar más. El agua en sus pechos la hizo que inspirar profundo, tragando todo el aire del mundo, como si hubiera cambiado de idea. Siente el peso del abrigo de su padre aferrándola a la orilla. Se lo quita. Lo ve alejarse flotando a merced del vaivén de las olas, mientras el mar en su cuello le regala un collar de algas verdes. De repente, una voz gritando a lo lejos. Escucha su nombre en la voz de un hombre. Escucha un grito llamándola. Escucha un hombre corriendo hacia el mar gritando su nombre. De alguna forma, desea que así sea. Se voltea con el agua varios centímetros sobre su cabeza. No ve a nadie. En la arena, un abrigo, una carta, y la noche inmensa y oscura. Llueve, otra vez...



lunes, 16 de abril de 2007

Te llevaste



Esta sequía infernal que me está matando
me hace querer morir de una ansiedad omnívora
solo, extremadamente joven y solo,
y triste,
me siento frente a estos mini-adoquines letrados
esperando parir una idea
y nada
te llevaste hasta el agua del florero,
hasta la telaraña regalona que mirábamos a la hora del té,
toda mi inspiración te la llevaste.

El frío, despiadado, se cuela por las rendijas que nunca tapé,
y estas famélicas cortinas que a nadie asustan
están más lacias y más feas que nunca,
la cama, nuestra cama, me ha mandado al destierro,
y es que ese olor,
ese perfume que inventamos en las fiebres de nuestras noches
emana de las sábanas como el vaho matinal emerge de la tierra,
toda el agua que (in)vertimos en ellas
no son capaces de calmar esta anhídria de ti

Estoy solo, como ves,
buscando desesperadamente si olvidaste algo
para soñar, al menos por un rato,que aún tienes un motivo para volver...

Angustia


Angustia
es esa angustia
esa por no verte un segundo
esa pena infinita, punzante,
esa que me hace abrazar la nada
esa que me hace respirar
sólo en los lugares donde estuviste
esa que congela las sábanas
esa que hace eterna la noche
porque desvela, porque angustia
esa que me mantiene inmóvil, atento
por si apareces.

Santiago, su ciudad (¿suciedad?),
vomita su telón apolillado,
yo,
destiño la ventana con los ojos,
por si entras volando
e intento un ridículo aleteo
para poder seguirte,
en fin,
loco estoy,
me giran los ojos,
la cabeza, la casa,
me gira el tiempo y se hace eterno,
el reloj gira inamovible,
se me exprime el interior,
me retuerzo,
me hiperkinetizo,
mis dedos tocan un piano invisible sobre la mesa,
haciendo polvo un ingrato calendario
que me priva de tus almendras gitanas,
un niño se ríe en mi oído
(¿Dónde está que no lo veo?)
huelo todo como un perro
por si dejaste un trozo de ti olvidado
en fin,
loco estoy,
por las horas que faltan

y la soledad que sobra.

domingo, 15 de abril de 2007

Eso...





Noche, encandilante,
luna llena,
velas, flores, mesa,
mar de fondo,
tú, yo, dos copas de champagne,
me dices, entre todo lo que dices,
que yo soy distinto, que no soy como los otros,
que soy delicado, atento,
que te entiendo,
y sobre todo,
que no busco sólo “eso”.

Lo dices tan segura,
tan ilusionada,
con ojos de esperanza,
yo te miro entre el humo
de mi cigarrillo
y mis ganas de “eso”,
te sonrío, para qué sacarte de tu garrafal error...

Amor en San Telmo


Dijiste “te quiero” con voz tímida
casi un susurro,
mientras mis ojos resbalaron de los tuyos
y mi boca se trabó de súbito
sin articular siquiera
un “igual”, un “idem”, o un “chócale”
Mi boca con sal tercera

Dijiste “en serio” ante mi silencio culpable
y mis ojos de apropiaron de un horizonte que no existe
mis dedos, empapados con entrañas ajenas
se arrancaron de tu pelo
se metieron en mi pelo,
aterrados

Dijiste “para siempre” al no obtener respuesta
y mis ojos miserables se inundaron
y el peso de la culpa, mis años,
el anillo que estrangula mi dedo,
tus años, mis hijos,
tus sueños, mis suegros, tus padres,
mi jefe, tu profe,
mi Armani, tus calcetas,
mis canas incipientes, tus ganas incandescentes
tus pilas inagotables, mi cansancio de vivir,
sabotearon este amor en San Telmo
y con un frío “nos vamos” ante el citófono
nos vestimos de normalidad
dijimos “adiós” a San Telmo y sus ambientes y sus ofertas
y dijimos “adiós”
yo a mi juventud
y tú a la tuya.

Festín caníbal


Me dueles cada día,
al terminar nuestra cena de caníbales
en que me engullo tu corteza
y tú te zampas la mía,
en que te mastico entera
y tú me desgarras con furia,
en que me alimento de tu carne
y tú te llenas de mí,
como dos animales
y dos presas a las vez.

Me dueles en la sangre,
en la boca,
en las manos,
en las venas,
en el pecho,
en la lengua.

Me duele segundo a segundo
esta hambre insaciable,
este hipotálamo mal parido,
esta imposibilidad de rasgarte la ropa
y devorar tu piel hasta el último poro
donde sea que nos encontremos.

Me duele verte
y saber que hay momentos
en que le perteneces al mundo
y no eres sólo mía.

Me duele el protocolo
de besarte en la cara
en lugares públicos
sabiendo que en lo oscuro y clandestino
somos bestiales e impíos.

Me duele compartirte
me duele no tenerte
me duele tu existencia
que perturba mi mente
y me vuelve primitivo.

Me duele no sentir
el paso de tu linfa por mi garganta,
el roce de tu pelo húmedo en mis muslos,
el grito contenido de tus entrañas,
la estocada transfixiante de tus uñas en mi espalda
el sabor de tu mucosa prohibida.

Me dueles
al despegarte de mí,
pletórica, salada y húmeda,
y caer inerte en la incandescencia de mis sábanas
para renacer con nuevos apetitos
y nuevos deseos de ser brutalmente degustados.

sábado, 14 de abril de 2007

Semivida


Pasaste tu vida con miedo:
miedo a fallar, a estar solo, al anonimato,
dejaste la pluma y las tablas
por miedo a equivocar el camino
y el miedo te devolvió a la tierra
y cambiaste vida por sobrevida.
y al copular temblabas
por miedo a desenraizarte nuevamente
por miedo a perder el ancla
castrante de tu semivida
y te volviste seguro
sin alas, pero seguro.

Ejemplar tu vida,
envidiable tu vida,
¡qué gris tu vida!

Lo incondicional se volvió perentorio,
vegetando, inamovible,
para no perder el equilibrio tan ansiado,
tan volátil y necesario a la vez.

Pasaste tu vida con miedo:
contando monedas y multiplicándolas como pan bíblico,
guardándolas e invirtiendo,
amasando fortuna
y el resto creyó que eso sí era vida
y te colgaron el cartel de exitoso
y te llevaron en andas mientras sus manos
hurgaban tus bolsillos.

Llegaste a ser viejo,
viejo y solo como siempre temiste
y enfermaste
y gastaste tus monedas en camas de hospital
y no en tus fantasías bien guardadas en el banco.

Se te fue la sobrevida
y mientras lloraste por dentro el advenimiento de tu muerte
te diste cuenta que quizás tu muerte vino antes que el comienzo de tu vida.